tengo la vida ganada,
es porque el día que aposté
al color de tus ojos,
me devolvieron la mirada.
Y eso,
fue mejor que cualquier
escalera de ases
que me llevase
hasta tu cuarto.
Y desde entonces,
más que en la suerte
del trébol de cuatro hojas,
creo
en los cuatro costados de tu cama,
y en lo bien que nos vendría
que todo ese rollo
de la vela;
y de la llama
de verdad no fuese más que una metáfora
para no tener nosotras que encenderla,
y mucho menos,
preocuparnos por si se apaga.